LECCIONES
Dice un refrán que “no hay mal que por bien no venga” y otro “lo que sucede conviene”. Una caída y fractura inesperada del pie, por ejemplo, puede convertirse en una tregua, para la reflexión, para leer, aprender, ver buenos filmes y hacer todo eso que la vorágine del trabajo y otras tareas no permite; en fin puede concederte un tiempo que sin pensarlo necesitabas.
La verdad, yo nunca imaginé que un tropezón podía enseñarle a una tantas lecciones. La primera que aprendí con mi caída es hay que prestar atención donde se pisa y pisar al seguro y esto lo digo metafórica y literalmente hablando. No por mucho madrugar se amanece más temprano, así que, si anda deprisa, vístase despacio y observe hacia dónde va.
Segundo: una decisión, por pequeña que sea, puede cambiar el curso de los acontecimientos con dimensiones que uno nisiquiera puede imaginar. Por tanto, a veces hay que detenerse y por qué no, tomarse un esperado café o sentarse en el parque a conversar. Las decisiones no se toman a la ligera, uno tiene que pensar una, dos, tres veces lo que hace y no actuar si está nervioso, enojado o alterado. Ahhh y importante, no se hulle de los problemas, se les enfrenta.
Por otro lado, las muestras de solidad y comprensión que recibí tras mi caída, me validaron, una vez más, lo que se dice sobre los cubanos y su generosidad, hospitalidad y la candidez y el cariño con que nos tratamos los unos a los otros. Desde la señora que me ayudó a ponerme en pie y el taxista Wilfredo, conocido como “Rizo”, que me guardó un asiento y esperó paciente que, salto a salto, llegará hasta el automóvil y me condujo a casa; hasta la agradable doctora Yudelkis que me atendió en el hospital, esa tarde tuve siempre tuve a mi lado personas generosas y dispuestas a ayudar.
Lamentablemente el yeso me ha descubierto también que en esas calles que tanto quiero camina día a día mucha gente que adolece de consideración, educación, cortesía, respeto. Además me permitió experimentar lo difícil que resultan aquí hasta los trámites más sencillos y el acceso a determinadas instituciones u organismos; principalmente para una persona discapacitada o limitada.
Me explico: el llegar a un banco y que te “peloteen” de una caja a otra haciéndote recorrer la institución completa de extremo a extremo, ignorando que andas apoyado en muletas; es una muestra clara de descortesía y de que aún falta mucho por ganar en lo que se refiere a la atención esmerada, con la rapidez, eficacia y calidad que merece el cliente cuando adquiere un bien o servicio; y especialmente aquellos con necesidades especiales.
Asimismo si pretendes cobrar un cheque en el banco, el portador debe ir y ejecutarlo personalmente y no existe una disposición o regla que facilite la operación al cliente en caso de que la persona que debe cobrar el cheque no puedA. Así se transita por todos los lugares chocando con la desinformación y la burocracia y en el ventanillo, el buró o la mesa, parecen estar muy ocupados para decirte con claridad cómo hacer, a dónde dirigirte y qué necesitas, en fin, para facilitarte cualquier operación.
El acceso de las personas discapacitadas o limitadas a los servicios e instituciones, ahhh, esa es otra cuestión seria. Yo, por ejemplo cuando acudí al hospital para completar el yeso, tuve que moverme hasta la consulta de ortopedia dando saltos en su solo pie, porque no había silla de ruedas ¿Será que había muchos pacientes ese día o que son muy pocas las sillas disponibles en relación al número de pacientes que diariamente acuden al centro y que requieren de esta para moverse y ser atendidos?
Y qué decir de la espera, pronto se hizo insoportable, pues los “cómodos” y rectos asientos plásticos del salón resultan incómodos para el tipo de paciente que allí esperan, en su mayoría con pies o brazos inmovilizados con un yeso.
Son reconocidos los esfuerzos y las inversiones que realiza el país destinadas a adquirir recursos y equipamiento de avanzada para las instituciones de salud, educación y otras de importancia social y para su reparación y mantenimiento.
Pero lo anterior obliga a pensar más allá, para ver que falta por hacer y dónde están las dificultades; porque el reconocimiento y aceptación de los problemas es el primer y gran paso, hacia su solución.
Por ello me voy a permitir decir que no considero utópico, ni de locos pensar en una mejor planificación del espacio y el asegurar ciertas condiciones mínimas para la atención y espera en los diferentes centros e instituciones que prestan servicios o a dónde acude la población. Lo cual redundará no solo en beneficio del cliente o la persona que allí acude porque lo necesita, sino de los propios trabajadores y el personal. Un lugar de trabajo limpio, cómodo, fresco, donde exista cultura del detalle favorece el estado de ánimo y el rendimiento de todas/os e influye en una mejor atención para satisfacción del que solicita un servicio, bien o información.
La solución, la mayoría de las veces nada tiene que ver con recursos, sino con simplificar trámites, con ganar en comprensión, sensibilización, no solo por parte de las personas, sino al nivel de los niveles de organismos e instituciones, de los directivos. No se trata de eliminar las barreras, sino de construir desde un principio sin ellas.
Cuba representa un modelo a nivel internacional en materia de salud, educación, cultura y otros diversos indicadores que reflejan el nivel cultural y la calidad de vida alcanzada por nuestro pueblo. Sin embargo la preocupación y acciones del Estado, el Gobierno y las propias instituciones en muchos casos se ven empañada por la indolencia, la negligencia, la desorganización y el desapego.
Renace un nuevo año y muchas son las dudas y expectativas de los cubanos, que anhelan una mejoría radical; pero nada de esto se logrará sin ponerse a trabajar, sin sentido del deber, sin ayudar al lo que necesita y hacer cada día algo bueno simplemente por humanidad y por amor. No podemos darnos el lujo de perder todo lo logrado.
Publicado el 7 de enero de 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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